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Ladrones de Infancia

Puedes leer todas las informaciones que quieras y lo normal será que llegues a un cierto grado de indignación, a sentir incluso rabia, a empatizar todo lo que la distancia te permita…lo que nunca llegas a sentir es culpa y, a veces, es necesario llegar a sentirse culpable para comenzar a actuar, porque somos culpables si somos responsables, ya que un buen síntoma de madurez democrática es la conciencia de nuestros actos ya sean estos por acción o, como de costumbre, sobretodo si el problema es de otro, por omisión.

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Solemos buscar la culpa en otro, jamás en uno mismo. Somos naciones pero también individuos y de nuestra acción individual nacen las tendencias colectivas. No basta con decir en voz alta (para que te escuchen decirlo) que es horrible que haya un millón de niños refugiados a causa  del conflicto en Siria, que te indigna el trabajo o la prostitución infantil en Asia, que te preocupa la deriva autoritaria y el futuro de Egipto, que las condiciones del interés impuesto a Grecia va a ahogar al país heleno, que cómo pueden sobrevivir las niñas de Ciudad Juárez en un ambiente de tanta violencia feminicida, que el conflicto Israel-Palestina parece no tener solución, etc. Pobres niños, pobres niñas, pobres mujeres y hombres, pobres mayores y pobre ciudadanía….”Naciones Unidas podría hacer mucho más”, “la Unión Europea no se moja en los conflictos tanto como podría”, “la Liga Árabe sólo sirve para que se reúnan las élites de los países árabes” y tantas otras sentencias que derivan la culpa a las organizaciones que están por encima de nosotros.

Madura una tendencia y trabájala, protesta sabiendo argumentar, conoce qué es posible y qué es justo (no siempre coincide) y lucha para que lo justo siempre sea posible, no te conformes con la crítica si no haces una crítica hacia tu persona, asume tu culpa porque, en realidad, siempre puedes hacer más y no lo haces y asumiendo tu culpa puedes hacer siempre más, porque si de verdad empatizas, condenas, te indignas o denuncias, sólo con la culpa asumida puedes dar el siguiente paso: crear conciencia.

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La culpa asumida por el individuo hace que sus acciones tengan una mayor concienciación, qué más da si hay mayores y mucho peores culpables que tú, empieza por ti. Las acciones de un individuo que ha asumido la culpa tienen más fuerza e impactan con mayor legitimidad sobre el colectivo, crean conciencia. El colectivo concienciado es el que impide tomar muchas decisiones incorrectas a las naciones, la legitimidad de las decisiones siempre es una legitimidad ciudadana, la Ciudadanía propia es el actor político más temido por las élites.
Siempre lo repito, “los moderados somos más”, independientemente de la Cultura, Estado o Religión, a la que nos acojamos. Nuestro problema es que como moderados que somos no gritamos igual de alto y actuamos muchas veces por omisión como el peor de los extremistas.

El Levantamiento, Honoré Daumier

El Levantamiento, Honoré Daumier

¿Crees que exagero o no soy justo? Si permito, por ejemplo, que mi voz no se oiga ante la masacre de ciudadanos en Siria, estoy ayudando a que los actores supranacionales no perciban que para su Ciudadanía la muerte de otros ciudadanos es un problema serio, lo entenderán como un conflicto externo sobre el que pueden actuar o no dependiendo de los equilibrios de poder y de los intereses en la zona, resumiendo (si lo estimas, de manera incluso demagógica), el factor de decisión no sería jamás el humanismo, sería, como casi siempre, la peor cara de la economía; parafraseando al asesor de Clinton en la campaña del ´92, James Carville, “¡es la Economía, Estúpido!”, pues bien, si esta es la tendencia lógica y única, empieza por ti mismo a concienciar para que, al menos, no sea la única.

Si eres de los que creen que se debería hacer más de lo que se hace, comienza tú a andar; sea cuál sea tu dirección estarás creando un camino por el que otros caminarán, no temas ser un “pionero”, teme ser un elemento conformista, porque esa ha sido siempre la derrota. Luchamos durante siglos por la dignidad de la vivienda o el trabajo, por ser respetados como colectivo, por tener qué llevarnos a la boca, fuimos conscientes de nuestras afinidades y creamos naciones que deberían haber tendido a la solidaridad, ahora que hemos llegado a la aldea global nuestra voluntad es corporativa y nuestra actitud terriblemente conformista. El millonario Buffet dijo que no era verdad que ya no existiera la lucha de clases, de hecho sentenció que “por supuesto que existe la lucha de clases, y mi clase la ha ganado”, no hubo respuesta, casi ni eco, por parte de los “perdedores”. 396-hands-on-bars1Hemos admitido el conformismo social y el corporativismo de nuestras sociedades como dos de las principales líneas rojas que no podemos traspasar si queremos seguir perteneciendo al grupo de la ciudadanía moderada, a mí me resulta admitir características que están más cerca del extremo como asumir ese extremo en sí, me explico, no oponerse al extremo te convierte en afín (mismo si es por omisión) y, en última instancia, en cómplice. Está en tu mano decidir si alzar la voz y actuar o no, pero no creas que no hacerlo te convierte en un ser neutro o en un moderado, te convierte en una pieza indispensable del engranaje de la deriva de la acción que se está llevando a cabo, no estar alerta ante esta acción suele permitir que ésta se vicie de una manera u otra. No te duermas.

No te duermas, no te quedes solamente con la parte idealista de mi mensaje, quédate mejor con el mensaje, con toda su carga y puede que estés más cerca de poder actuar de manera efectiva, quizá con tan sólo un parpadeo a tiempo, y alejarte de aquellos que quieren que te conformes y que se esfuerzan en robar la infancia de, al menos, un millón de niños en Siria y de tantos otros seres humanos alrededor del mundo.

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Farid Othman-Bentria Ramos

Egipto ante el incendio

Hay que despertar la conciencia crítica, empezando por la individual. Actuar dando validez a todo lo que diga un líder es peligroso para la paz social.
Un pueblo con una cultura de pensamiento crítico individual y de empatía colectiva está mil veces más alejado del conflicto.
Pongamos que hablo de Egipto, ni de proMursis ni de proAlsisis, de Egipto como pueblo con una cultura soberana que desea crecer como tal con absolutamente todas sus peculiaridades y sin renunciar a ninguna. Un modelo de convivencia no debe ser un modelo impuesto ni por unos ni por otros, el conjunto que compone un pueblo lo compone cada uno de sus miembros.

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La deriva de los acontecimientos en Egipto es extremadamente preocupante. La actitud del ejército es incendiaria, radicaliza posiciones ya radicales y hace que éstas ganen adeptos, no sólo dentro de Egipto si no en todo su entorno geopolítico, entorno en el que entran tanto los vecinos limítrofes como los cercanos, España incluida. El ejército egipcio ha cometido el gran error de erigirse a sí mismo dentro de unas reglas no escritas que hoy ha incumplido disparando a civiles y pasando de ser árbitro a parte, esto hace que, independientemente de los hechos acontecidos durante el día de hoy (alrededor de 150 víctimas mortales, todos civiles), no se pueda creer en él ni en su palabra.

Los hechos del 14 de Agosto apuntan a que el ejército era el Régimen más que Mubarak. Es muy difícil renunciar a posiciones de poder que uno cree propias por derecho, máxime si vienen apoyadas económica y moralmente desde el exterior, teniendo a EEUU como principal valedor. La “independencia” económica del ejército hace que se distancie del control de los poderes oficiales del Estado y ese es un peligro creado del que hoy día volvemos a ver las consecuencias.

Nada de esto exime de culpa la pésima gestión de una oportunidad histórica que hizo Mursi junto a los principales líderes de los Hermanos Musulmanes, terminando en un año con su crédito democrático gracias a una deriva autoritaria y polarizadora que más temprano que tarde hubiera acabado en un punto muy similar al que tenemos hoy, salvo porque seguramente tendríamos el agravante de un ejército dividido, cuestión que nos llevaría del actual conflicto civil al escenario probable de una guerra civil. El golpe de Estado no es una acción democrática pero la suma de actores que había detrás hacía pensar en la posibilidad del mal menor, la dirección militar de Al-Sisi no ha dejado que esto sea así.

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Además de los 149 muertos oficialmente a esta hora hay que sumar como agravantes de la situación tanto la quema de Iglesias en el sur del país como un ataque armado a la simbólica Biblioteca de Alejandría, así como la muerte de un periodista de Sky News. En estos momentos el ejército y sus medios apuntan directamente como culpables de estas acciones a los Hermanos Musulmanes; éstos lo niegan tajantemente. Es difícil saber cuál de los dos miente, si la verdad es que los Hermanos Musulmanes de Egipto creen más en la Umma que en su propio Estado, excluyendo a todos los actores que no sigan sus reglas y,por tanto, excluyendo cualquier posibilidad real de una Democracia (la misma que dicen que “les han robado” tras los resultados electorales legítimos), o si es el ejército egipcio el que ha provocado todos estos agravantes para criminalizar ante la comunidad internacional a los Hermanos Musulmanes y dejarlos sin aliados. Lo que queda más claro es que todos los elementos que se mantenían en el gris están viéndose forzados a alejarse de uno u otro espectro de color y no se sabe si lo hacen erigiendo su propio argumentario, si eligiendo uno de los dos bandos más polarizados  o si, totalmente desorientados, corren el riesgo de perder una relevancia que la esperanza democrática de Egipto necesita. En este tipo de situaciones llenas de interrogantes es donde entra la acertada pero llena de incógnitas dimisión de Mohamed El Baradei.

La pregunta ahora, tras la declaración de Estado de Emergencia y del toque de queda no es ¿qué pasará mañana?, en realidad es ¿qué va a ser lo siguiente?, ¿cuál será el  modelo de Estado para Egipto tras todo lo que queda por venir? La respuesta no es difícil: en una sociedad global el resultado va a depender, en gran medida, más que de la voluntad del pueblo egipcio, de la actuación de los actores exteriores.
Hay países que, de manera abierta o velada, financian a los Hermanos Musulmanes, hay otros que apoyan al ejército, hay algún foco caliente en la región que cree que el que haya conflictos civiles llenos de sangre en sus vecinos les favorece (y se equivocan de manera absoluta, de manera absoluta y criminal), etcétera; creer que el factor externo no es un factor determinante es propio de una inocencia que roza la falta de madurez como ciudadano.
Ahora bien, como Ciudadanía, debemos exigir en la medida de nuestras posibilidades lo que esté en nuestra mano, orientando así la voluntad de los actores externos a Egipto sobre los que tengamos influencia. Apostar por la Democracia en Egipto es apostar no sólo por la Democracia para un pueblo que nos puede importar más o menos, si no por la estabilidad democrática y el futuro de toda la región y, en última instancia, por la propia. La Liga Árabe, la Unión Europea y Naciones Unidas, son los grandes actores externos con influencia directa a los que debemos presionar como ciudadanos de manera más obvia para que tengan el coraje de actuar de manera responsable y decidida. El cómo debe estar basado en los mismos parámetros que debemos exigir para el futuro de cualquier Nación, Estado, Pueblo o colectivo de cualquier lugar, estos parámetros no son otros que los reflejados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, son exigibles y son, objetivamente, buenos.

El fracaso del proceso democrático en Egipto no sería un fracaso local, el fracaso de cualquier proceso democrático es un fracaso de la Ciudadanía a nivel global. Las consecuencias de cualquier fracaso democrático así como cada violación de los DDHH afectan de una u otra manera, en un momento u otro, a todo ser humano. Conocemos la historia, sabemos qué errores no podemos volver a permitir que ocurran y sabemos, en realidad, dónde reside nuestro poder como ciudadanos y ciudadanas para impedir que así sea.

El futuro de Egipto debe pasar por la inclusión de todos sus actores en un escenario en el que todos ellos se comprometan a defender la existencia del resto como parte de su identidad tanto democrática como de Estado soberano, un futuro, por supuesto, con un ejército que esté sometido a la voluntad del pueblo y que no se autodenomine pater de la patria ni árbitro único y omnisciente, un futuro basado en los DDHH como marco aceptado universalmente y un futuro propio reconocido, aceptado y respetado, por todos los actores externos sin excepción. Todo ello es, sin duda, más sencillo en un estado laico que acepte la singularidad del individuo tanto como la identidad del colectivo.

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Farid Othman-Bentria Ramos

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