Muerte de un Humanista. Jose Luis Sampedro

sampedro

Si pudiera elegir la brillantez de mi discurso pediría ser el brillo de un día de la mente de Sampedro.

Nunca un español me pareció más humanista, en realidad, me parece, me parecerá sabiendo que lo es, porque cuando un discurso es vital, motivador, coherente y sabio, impregna los poros, se asienta en cada acto y te impacta para no llegar a morir nunca, porque un discurso así no es legado, es vigencia, te da razones para ser humano, le da color a tanta conjura gris y da solidez a los valores.

Dignidad, sentido del humor, capacidad de lucha, espíritu crítico e inconformista, integridad…cualidades que su compañera no quiere que se separen jamás de la memoria de Sampedro, sin saber que es Sampedro el que se une hoy a ellas. En un último ataque de coherencia consigo mismo nos hemos enterado de su muerte con 48 horas de retraso, lúcido hasta el último instante no quiso publicidad a su muerte, no quiso plañideras a sueldo ni malos políticos que saldrán como Miuras a mentir hoy pregonando cuánto aprendieron de él, cuánto procuran seguir sus dictados, cuántas veces leyeron sus textos sin llamarlos utopías.

Se va, se eleva Sampedro como lo hizo Stéphane Hessel, como un síntoma más de estos, nuestros tiempos, como una llama que alerta de la ausencia de relevos en la conciencia que impide que lo peor de la historia se repita. Él, economista entre otras mil cosas, sabía que, en realidad, la crisis es una crisis de valores. Él, que entendía que la economía debía ser el vehículo humano, solidario, que contribuyera a desarrollar la dignidad de los pueblos.

Él, escritor de sonrisa etrusca, economista de valor humano, Premio Nacional póstumo del “te echaré de menos”, miró por primera vez a los ojos en Barcelona en 1917, e hijo del Mediterráneo indagó, por primera vez, hasta el origen de las cosas cuando aprendió a andar (en todos los sentidos posibles) en Tánger, ciudad que no abandonó jamás pero en la que dejó de residir a los 13 años. Perdió la batalla en el 36 pero ganó la conciencia. Funcionario de aduanas en Santander hasta 1944, en Madrid se licenció en Económicas y fue Profesor y Catedrático en la UCM, a la vez que llegó a Subdirector del Banco de España publicó ensayo y teatro por primera vez. En 1990 realizó su discurso de ingreso en la Real Academia Española “desde la frontera”, toda una declaración del por qué de su camino, e incansable al desaliento, dio una lección de vindicación ciudadana desde cada púlpito que inventó en las protestas del 2011, especialmente en el prólogo del “indignaos” de Stéphane Hessel, donde, como siempre, volvió a hacer constar su humanismo crítico, la decadencia moral y social de Occidente, del neoliberalismo y del capitalismo salvaje.

En esta horfandad que desborda el sumidero que hoy es España quisiera que Sampedro prometiera enardecido no irse nunca lejos, jamás del todo, que ocupara más tiempo en las noticias que Thatcher, que enseñara a llenar para siempre de ética los sobres y enunciara mil razones para no aceptar que exilien nuestro orgullo y los derechos, supongamos que, junto a alguien  aparentemente sin deberes, camino de Qatar.

“El tiempo no es oro. El oro no vale nada. El tiempo es vida” y qué añadir a esto, maestro. No faltas más porque eres parte de ese tiempo, no faltas más porque nos has enseñado, como lo hace el tiempo, a vivir, no faltas más porque también nos has enseñado que, por mucho que se incida en el sendero, nadie es el camino, que el camino es la dirección por dónde ir.

 

Farid Othman-Bentria Ramos

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“Curiosamente, la primera frontera que recuerdo surgió allí donde no parecía tener razón de ser. Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países. Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones. Ahora bien, en medio de aquella cosmópolis se alzaba una isla rodeada de muro y puertas: el recinto donde los moros del campo vendían hortalizas y otros productos frescos, bajo cañizos con ramajes frecuentemente mojados para resguardarse del sol. Se vendía y gritaba en árabe y sólo se admitía moneda hassani del Imperio marroquí. Mi madre la obtenía, antes de entrar en el zoco, de los cambistas judíos sentados a la puerta, cada uno detrás de su cajón-mostrador, con una pizarra anunciando las cotizaciones del día. Así, en el corazón de la ciudad moderna e internacional se pasaba de pronto a casi la Edad Media y a lo que luego aprendí a llamar el Tercer Mundo. Entonces, claro está, yo no era consciente de ello, pero atravesar la puerta me impresionaba siempre y aún recuerdo el rostro de un viejo cambista, de barba blanca y cubierto con un negro sombrero, instalado a la puerta como guardián de aquel mundo antiguo”.

-Fragmento discurso de ingreso en la RAE: Desde la frontera; J.L. Sampedro.

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Publicado el 04/09/2013 en Uncategorized y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Grande Sampedro y grande el homenaje que le haces con tu artículo.

    Un saludo

  2. enrique f. carreira

    como antiguo alumno suyo que fuí en la señera Universidad sita en San Bernardo, el discurso que precede describe con una con una sola palabra, lo que realmente fue nuestro gran MAESTRO: “HUMANISTA”, por encima de todo, de juicios claros y simples y enemigo de artificios y falsedades. Guardaremos con emoción su recuerdo como semilla que se esparza y genere ejemplaridad exponencial; no creemos nuevas necesidades, luchemos por nuevos recursos … uno de sus acertados pensamientos !!

  3. Ójala supiera expresar como tú lo que significó -significa y significará- Sampedro para mí. Su eterna lucidez hacía más doloroso saber que llegaría este momento inevitable. Pero nos queda para siempre el placer de releerlo y repensarlo. Y, con suerte, que nos mueva a salir a buscar un futuro mejor que el que nos quieren pintar. D.E.P.

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